CAZABLE   O    INCAZABLE   HE   AHÍ LA CUESTIÓN

 

Sobre el escenario, una mujer joven, vestida como si fuera una indígena, ataviada con una lanza y semidesnuda, aparece sentada frente al público:

    Y alguno se estará preguntando qué hago vestida de esta guisa, bueno vestida, por decir algo.  Todo  ocurrió el día, o mejor dicho, la noche en la que uno de mis amantes me dijo lo siguiente: “yo soy difícil de cazar por no decir incazable”. En aquél momento  me quedé estupefacta, con la boca abierta  y el sonido de unos grillos resonó en mi cabecita.  De repente me estremecí, algo recorrió mi cuerpo, se me erizó el pelo de la cabeza y acabé convertida en lo que veis ahora. Una especie de mujer indígena con lanza  que cuando ve a su posible presa corre hacia ella  rauda y veloz por miedo a que se le escape. Cómo os quedáis… ¿no cuela verdad?,  a mí tampoco me pega mucho y dista mucho de lo que yo soy pero Pedro por aquel entonces creyó que yo, una mujer del Siglo XXI estaba interesada en cazar-lo. Qué iluso, me río muchas veces recordando semejante frase. Qué engreído puede llegar a ser uno cuando tiene un buen puesto de trabajo.  Por entonces yo era una chica con sus estudios finalizados y la verdad que lo de cazar… me ha gustado más bien poco. En plena crisis económica buscaba mi propio desarrollo profesional y pasármelo lo mejor posible.  Está claro que con Pedro deje de pasármelo bien al mes de conocerlo  (resulta un pelín aburrido estar con alguien que solo habla de lo admirable que es su profesión para todo el mundo), en alguna ocasión tuve la tentación de decirle: “Eh! Que yo también sé hacer la O  con un canuto”, pero preferí dejar que su imaginación volara y que siguiera pensando que me importaba su cartera. Pobrecito, cómo quitarle esa ilusión…  Gracias a él, mi padre y yo estuvimos por una vez de acuerdo en algo: “ese chico es gilipollas”. El nunca lo sabrá pero contribuyó a la unión familiar, al acercamiento entre padre e hija y eso nunca sabré como agradecérselo.

   Afortunadamente Pedro pasó a un segundo plano, a veces me hizo sentir como si en mi cabeza llevara un luminoso que decía: “ Diva´s Km 8” en rojo fluorescente. Supongo que su estupenda profesión le hizo confundir el “Diva´s” con SER MUJER, cosas muy diferentes pero ya aprenderá… eso ya no es de mi incumbencia.

   Mi vida amorosa continuó y la profesional también. Me trasladé a vivir a otra ciudad por motivos profesionales, un cambio radical en mi vida pero positivo. Y un día, después de varios meses con mi nueva vida a cuestas, mientras me tomaba un café en un bar entró un chico que me hizo recordar a mi amor de los 20. Era tan atractivo, y tan cariñoso (cuando quería, claro), Ayyy! (suspirando). Guardo un recuerdo precioso salvo por una cosa. Una de esas noches de pasión no se le ocurrió otra cosa que decirme que a lo mejor era frígida (a lo que yo pensé: “cariño, más de una ha fingido el orgasmo contigo”). Si me lo hubiera dicho ahora le habría contestado: “no es cierto, son  las malas lenguas” (ahora vas y lo cascas, por listo, jaja.) pero con la inocencia de aquella edad no fui capaz de decir nada. A  Adrián lo elevé a la categoría de Santo; San Adrián fue para mí y es que me monté tal película con él que ni “El diario de Noah”. Claro que él no contribuyó mucho a  la bajada del pedestal porque no conseguí mucho de él salvo alguna que otra noche. Era un hombre complicado y con una estrategia muy común en su especie. Te daba una de cal y una de arena, es decir, “que sí, que no, que hoy te hablo que mañana no, que hoy me acuesto contigo, que mañana no… “que no se decidía. Un tipo “gago, gago, gago” que diría Papuchi. Y claro yo al principio me culpaba y pensaba: “Algo has hecho. A nadie le dejan de hablar de la noche a la mañana” pero el tiempo y la madurez hace que te des cuenta de que el que no está muy bien que digamos es él. Siempre tendré la espinita por no haber conocido a Adrián, el de verdad. Me quedé en el Santo y Santos hay muy pocos, creedme. A pesar de todo, fue muy tierno y también aprendí mucho  de aquello. Mis amigas acabaron bautizándolo como “la rana Gustavo”, literal. No sé muy bien por qué escogieron ese nombre pero me hizo gracia y lo acepté con una sonrisa, que como siempre, volvió a renacer después de alguna que otra lágrima.

    Como dice una amiga mía “los chicos van y vienen” y tal como se fue Adrián llegó Jorge. Un futuro policía  que había estudiado INEF y con esto creo que no tengo que decir mucho más… era un encanto, cariñoso y bastante gracioso pero lo asusté y salió corriendo. Dejó lo que fuera que teníamos por un mensaje de móvil. Me dijo aquello de: “eres una tía de puta madre, yo también te deseo lo mejor “… y si soy tan de p. m ¡por qué estabas tan raro en las últimas semanas! La verdad es que en este caso he de reconocer un “mea culpa”,  y es que a veces crees que no vas a tener más oportunidades y en cierto modo lo agobié. No he vuelto a verle, pero si me lo encontrara si le daría un par de besos. Era un tío muy majo. La verdad es que todas estas experiencias es mejor llevarlas con un toque de humor. Aquella tarde recordé a alguno más de mis galanes, a Cásper, un danés,  feo (si feo, era la oveja negra de los daneses pero a mí me ponía) y que como su nombre indica era un poco fantasma. Fue bonito mientras duró. Ayyy! Y Joaquín,  un getilla sin mal corazón pero… pelín bala perdida y Diego y Raúl… (no son tantos eh? que desde los 15 tonteando con chicos  hasta ahora da tiempo) y…

 ¡Sergio! Cómo conocí a Sergio… ah! Sí, fue en el trabajo, la verdad es que no me fijé mucho en él,  hacía poco que  había dejado “lo que quiera que tuviera” con Jorge y estaba centrada en otras cosas. Empezamos a tontear y decidí que era un chico agradable y que me gustaba ¡vaya! A veces era un poco raro,  pero con el tiempo me explicó que había perdido a su novia en un accidente de tráfico hacía unos años y que lo estaba pasando muy mal. Le costaba superarlo, además la novia tenía una hermana melliza que desde su muerte no estaba muy bien y él no levantaba cabeza. Todo aquello me enterneció, qué duro, tan joven y cuanto sufrimiento así que entendí que le costara quedar e incluso darme un beso. Se sentía culpable, me dijo. Hasta aquí todo bien ¿verdad? Pues aquí no acaba la historia porque este lobo con piel de cordero se guardaba un As debajo de la manga. Una tarde de verano en la que habíamos quedado para tomar un café recibo de repente una llamada telefónica de un número desconocido. Cuál fue mi sorpresa al decirme la persona que estaba al otro lado del aparato que se llamaba Laura y que era la novia de Sergio, imaginaos mi cara (por favor sonido de grillos de nuevo en mi cabecita. Gracias…). Yo ya pensaba que esto era una psicofonía y que me encontraba en Cuarto Milenio. “Me hablan del más allá”- pensé-  “esto no puede ser normal…” pero no, nada que ver. Resultó que la novia estaba vivita y coleando, tenía 33 años y llevaban 4 viviendo juntos. Vamos que menuda joyita tenía en casa y todavía me dijo que iba a hablar con él y que si él quería empezar una relación conmigo que la empezara a lo que yo tuve que pararla inmediatamente porque semejante loco no cabía en mi vida  ni por asomo. Respiré aliviada de no ser la novia de un  psicópata social a la que van matando por ahí en accidentes de tráfico para intentar conseguir…  bueno en realidad no sé cuál era el fin de ir engordando semejante mentira. ¡¡Todo sea por la farándula!!

   Y aquí estoy,  convertida en indígena tratando de encontrar el amor (si quiere aparecer) y mientras tanto enamorada de la vida que es lo que de verdad me hace sonreír. Porque todos ellos, con sus virtudes y sus defectos (que yo también tengo) no han conseguido que deje de reír, de disfrutar y de soñar y porque de todos ellos y de los momentos pasados he aprendido cosas sobre mí misma.  Algún día, alguien me despojará de esta lanza y me devolverá mis vestiduras y me verá como realmente soy, una mujer. Ni buena, ni mala, valiente y cobarde, alegre y triste en ocasiones y con muchas ganas de vivir.

   Cazable o Incazable, he ahí la cuestión

 

 

 

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