LA ÚLTIMA SEMENTERA

Imagen de portada realizada por ArtSemure ( http://www.artsemure.es)

 

  Nací en 1929 en un pequeño pueblo de la provincia de Zamora.  En plena dictadura de Primo de Rivera.

Una época en la que  el medio para subsistir de mi familia y el de muchas otras era la agricultura. Éramos 3 hermanos. La verdad es que tener teníamos pocas cosas, sin embargo tengo buenos recuerdos de la infancia.  Por aquel entonces las clases del colegio eran una mezcla de edades impresionante. Ayudábamos a nuestros padres desde muy pequeños en el cuidado de las tierras y ganado.

Llegó a convertirse en mi profesión, aunque también trabajé en la azucarera años antes y como guardés de las  fincas del “Vasco”. El medio de transporte de la época cuando trabajaba en la azucarera era la bicicleta y con lo que ganaba me resultaba difícil comprarme una e incluso me resultaba más difícil si cabe comprar una hogaza de pan para mi familia.

Afortunadamente  mis hijas pudieron estudiar mucho más que yo aunque para nosotros suponía un esfuerzo económico muy grande que hicieran el bachillerato.

Jamás olvidaré el verano del 73 en el que mi  hija mayor se marchó  a trabajar para echar una mano en la economía familiar.  Cuando volvió no pude evitar las lágrimas al ver que en 2 meses había ganado lo que ganaba yo en un año.  No olvidemos que por aquél entonces y aun siendo mi mujer muy echada para adelante y trabajando ella también, el hombre era la persona que abastecía a la familia.  De algún modo me hirió el orgullo como hombre y como padre.

(…)

Acabo de llegar… me dicen que está en el patio, paseando un poquito. Sigilosamente me acerco a la puerta. Le oigo hablar, así que pienso que está charlando con un amigo de la residencia. Enseguida me doy cuenta de que estoy equivocada… , camina solo y gesticula como si sembrara.  Cuántas  veces lo habrá hecho, también segar, trillar, podar, vendimiar… trabajo duro.

Le observo callada y de repente le oigo llamar a “Gitana”, aquella mula que tanto tiempo le acompañó.

Mis ojos se humedecen, no puedo evitarlo. De nuevo la llama: – Gitana, vamos!-.

Me decido y me acerco a él:

– Hola Padre! Soy yo!

No entiendo muy bien su respuesta, en los últimos tiempos apenas habla con claridad.

Finalmente y aunque trato de aguantar las lágrimas, me agarro a él del brazo  y acompaño a mi padre y a “Gitana” en su última siembra.

                                                    Dedicado a mi abuelo  con todo el cariño del mundo

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