CUATRO PAREDES

 

Cuenta la leyenda que un día no muy lejano encontraron por fin su refugio.

Llegaron con pocas cosas y emocionados por hacerlo suyo. Lo pintaron de colores, lo adornaron con cuadros, fotos… y empezaron a sentirlo como propio.

Lugar sin lujos, luminoso. La matriarca lo llenó de flores enseguida. Ella, a quién se le estaba marchitando  el corazón desde hacía años, aún tenía fuerzas para hacer de aquél lugar un refugio acogedor. Sin embargo aún con su empeño, la sinrazón les perseguía y consiguió que en aquél lugar desapareciera la alegría.

Todos arrastraban algo desde hacía tiempo pero como buenos supervivientes, luchaban por seguir viviendo. Pintando, cantando o simplemente desapareciendo. Hasta que un día esas cuatro paredes se volvieron a teñir de gris. No era la primera vez pero en esta ocasión sí sería la última.

Empaquetaron los recuerdos (buenos y malos), cosieron una vez más las almas rotas, desnudaron las paredes y se marcharon. Así, sin más, abandonaron esas cuatro paredes.

Corazón encogido, lágrimas, despedidas…

Se cerró una puerta pero se abrió una vida.

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