EL IMPERIO DE AMALTEA

Mientras Amaltea descansa junto a su nuevo amor, Trelós irrumpe en sus aposentos sin mediar palabra.

  • Sal de mis dominios, yaaaa!
  • ¿Acaso pedí entrar mi señora?
  • Si no lo pediste has hecho todo lo necesario para permanecer aquí y te quiero fuera, lejos de mi vista he dicho. Que se lo lleven, que se lo lleveeen (grita desconsolada) ¡¡Guardias!!

Trelós, se carcajea socarronamente y toma asiento mientras Amaltea cubre su desnudez y se dirije a sacarlo de allí por la fuerza.

  • Tranquila mi señora, relájese.
  • ¡Márchate he dicho! No podrás conmigo, no dominarás mi vida. Si tú no amas no seré yo quien siga tus pasos.
  • ¿A no?
  • ¡Guardias! ¡¡Guardiass!!. Escúchame bien, te conozco, sé qué ocurre en esa cabeza. Conozco tus miserias ya que durante años las has proyectado en nosotros a pesar de que te apoyamos en tu reinado. Sin embargo, se acabó. No eres nadie aquí. He tomado el mando. Este Imperio funcionará sin ti, tomará otro rumbo sano y luminoso que llevará a mi pueblo y a mí misma a la serenidad y sosiego.

          Cesaron mis pesadillas desde que te destituí, resurgí como el Ave Fénix para brillar       más que nunca. Aquí no pintas nada, ¿me oyes?. ¡Nada!.

Trelós la miraba desafiante, petrificado. Fue entonces cuando de repente desapareció. Amaltea no entendía, no sabía hasta que por fin reaccionó. A partir de ése instante nunca más dejaría que la pisotearan. A partir de ese día todo sería distinto.

Ilustración de Inés Antón más conocida como “La Princesa chicle”

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